Saturday, July 6, 2013

Cuando nos alejamos


Por Aymara Lorente

Puede suceder a cualquier edad, provocado por diferentes acontecimientos.  Me refiero a ese triste hecho que representa apartarse de lo que somos, de nuestra esencia.  Pasa mucho con los jóvenes de esta época cuando se desorientan porque piensan que nadie los entiende, no se quieren sacrificar estudiando, o porque sienten miedo, o son atraídos por las cosas materiales y un poco de dinero fácil.  Entonces se rodean de personas totalmente distintas a su naturaleza y tratan de imitarlos para poder formar parte de ese mundo, de “encajar” entre ellos.  Por lo general esas otras personas son inferiores en muchos sentidos porque tienen todo tipo de limitaciones y una falta total de aspiraciones genuinas.  Este tipo de individuo es muy propenso a satisfacerse comprando baratijas o con un poco de dinero, cosas que pueden ser alegría superficial para hoy y vacío espiritual para siempre.

Cuando alguien comienza a alejarse de su verdadera esencia y de los principios en los que se ha criado se está separando de sus sueños de niño y de sus verdaderos gustos y pasiones.  Recordar quienes somos nos devuelve a nuestro sendero, a la paz y a la felicidad.  Los caminos aparentemente fáciles conducen sin remedio a la mediocridad y a la pobreza material y espiritual.  En el caso de los jóvenes, concentrarse por unos años, todos los que sean necesarios, en sí mismos y en los estudios les asegura una vida llena de seguridad económica y de paz.  Así serán en sus años de estudio unos sabios pobres, pero felices.  Se sentirán conformes y tranquilos porque estarán creando, paso a paso, su propio futuro, su propia riqueza y seguridad.  Ya mencionamos que en la vida las cosas que lucen fáciles conducen a la infelicidad, sin embargo, lo aparentemente difícil y trabajoso conlleva a un futuro sólido.

Siempre que nos apartamos de lo que realmente somos, comenzamos a ser consumidos por la tristeza, la amargura y a cometer errores cada vez mayores. Nada nos satisface porque estamos viviendo con las barreras que nos imponen los demás y nuestro propio miedo.  Tanto puede uno perderse en esa equivocación que no nos damos cuenta que son los demás los que tienen limitaciones, y que nosotros no tenemos ninguna, todo lo contrario, pero nos convertimos, por voluntad propia, en víctimas de la pobreza mental y espiritual de otros.

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