Saturday, December 21, 2013

Un mundo de cosas

por Aymara Lorente




Para Pedro y Ramy en esta Navidad.

Desde que abrimos los ojos al mundo, nuestros padres y el resto de la familia nos esperan con una habitación llena de objetos que ellos asocian con nuestra llegada, y consideran imprescindibles para una exitosa ceremonia de recibimiento, (algo así, salvando las sagradas diferencias, como el derroche de regocijo en el acto de bienvenida de los Reyes Magos al niño Jesús).  Todo ello para facilitar nuestra adaptación al mundo real.  Frente a la neutral y absorbente mirada del recién nacido empiezan a desfilar día a día  interesantes rarezas de diferentes colores, formas y tamaños, desde un juguete con sonido, hasta una almohadita suave y acogedora envuelta en una funda  bordada de color pastel, o la temprana introducción a la música preferida de nuestros padres, tíos o abuelos.  ¿Y qué decir de los atractivos olores e inusitados sabores?  Como por ejemplo el inolvidable gusto de un tete endulzado para que dejemos de llorar, o el perfume de las flores del patio, o de un ramo en aquel florero antiguo, especie de reliquia familiar; o el increíble olor a café que inunda el hogar, o el inigualable, cálido y ancestral olor que trae la brisa del mar, o el aroma del cedro y la caoba de los viejos escaparates de los abuelos.  Todo ese conjunto de experiencias, esa amalgama, se convierte en la pieza esencial para la formación de nuestros gustos, y la definición de nuestras preferencias sentimentales y estéticas.  A partir de entonces comenzamos a tomarle afecto a las cosas que nos rodean, y a depender tanto de ellas que llega el momento en que las necesitamos casi igual que a la sonrisa y el calor de nuestros padres.
 
El ser humano, desde muy temprano, deposita e identifica sus sentimientos con pequeños o enormes objetos-símbolos que le ofrecen seguridad, alegría y confort.  Inconscientemente empezamos a atarnos afectiva y materialmente a todos esas cosas tan familiares, e instantáneamente reconocibles por nuestros  radares sensoriales.  De ahí nuestra conexión mental con determinados  alimentos, texturas o ambientes.  Cuando somos adultos, cualquier aroma, un particular  tono de luz, sabor o sonido nos puede transportar a un momento en el pasado reciente o lejano, y en ese flash mental resucitamos aquellas experiencias, aparentemente olvidadas.  El simple olor a lluvia o a tierra mojada, la escena de una película, o hasta el sonido de las hojas de un árbol mecidas por el viento, pueden revivir memorias de un tiempo anterior, y de nuestro mundo en aquel momento, con todos los sucesos y sobre todo las personas queridas que nos rodeaban y que influyeron en nuestra formación con sus aciertos y conflictos, y que determinaron en gran medida nuestro concepto de la vida y preferencias.  

Esa atadura sentimental a momentos y sensaciones de la infancia, y de otras etapas ya pasadas, es real y poderosa.  Es uno de los motivos por los que a veces nos rodeamos de muchos objetos, o somos demasiado específicos o exigentes con lo que queremos comer, leer, o con los planes que deseamos realizar. Todo ello está conectado de alguna manera a nuestras experiencias pasadas, y condicionado por recuerdos entrañables.  Por estos días viene a mi mente la imagen de mi padre entrando a la casa el pino navideño que después él y mi madre adornarían con aquellos ornamentos de generaciones anteriores, y aprovechando hasta las bolas que se rompían para regar su brillo multicolor sobre la capa de algodón que cubría la base del arbolito.  Toda esa operación se realizaba a pesar de estar ya prohibidos en Cuba todos los símbolos y celebraciones relacionados con el nacimiento de Jesús y cualquier otra representación o manifestación religiosa.   Sin embargo, a pesar de que quisieron controlar nuestros actos, pensamiento y cada rincón de nuestros hogares, por las noches cuando doy gracias a Dios veo claramente el cuadro de Cristo en el Monte de los Olivos, una de las imágenes que siempre se mantuvieron en casa, en lugares estratégicos.  Son algunos de los tesoros que la tiranía no nos pudo arrebatar: nuestra fe y los recuerdos.  

Esperemos que el camino recorrido, así como todas las cosas que queremos alcanzar y lograr en  nuestras vidas honre a nuestra familia, y sirvan además de inspiración a los que vienen detrás.  Es mi deseo, especialmente en esta Navidad,  que todos puedan realizar sus sueños partiendo de los esfuerzos, los instintos y la verdad de cada cual; guiados por la estrella de Belén y el espíritu de lo que realmente somos.