Saturday, November 23, 2013

Agradecimientos a un hombre culto





                                          Un regalo de Julio -  Georgia O'Keeffe  One Hundred Flowers 


Por Aymara Lorente

Julito, el primo mayor de mi esposo por la parte materna, era un caso excepcional porque siendo un Newyorker autentico, que hablaba el español con un fuerte acento, siempre amó mucho a Cuba.  Cuentan que lo trajeron a los Estados Unidos a mediados de los 50’s con solo tres años de edad, y que creció entre italianos, Irlandeses y el resto de las nacionalidades que abundaban en Brooklyn por aquella época.  Allí, en en esa area de New York, nacieron sus dos hermanos.  Sus mejores amigos eran americanos, Lynda y los dos Jimmys, a quienes Julio conoció en los años de high school.  La mayor parte de su vida, vivió en el centro de Manhattan, esa otra isla que era su verdadero hogar y pasión.

Cuando pienso en él, me vienen a la mente muchas cosas que teníamos en común: la admiración por el arte, la afición por el TV show Jeopardy, y el amor por New York City.  Lo conocía por fotos mucho antes de que  yo escapara de Cuba.  En casa de la familia del entonces mi novio, había una ampliación de un Julio muy joven y apuesto, con la melena cuidada.  Era de la época en que él viajaba por el mundo.

Julito fue una de las primeras personas que fue a verme a Canadá cuando logré dar el salto.  Allí llegó antes que mi propia familia, y todos se lo agradecimos mucho.  Mi esposo  no podía salir de los Estados Unidos por no tener aun la residencia, y el fue de embajador en su nombre.  A pesar de que no nos habíamos visto nunca, en esos días que pasó conmigo, parecía como si nos hubiéramos conocido de toda la vida.  Como siempre, llevó la maleta llena de regalos, y allí en Toronto me compró un sombrero de verano, que use y conservé como un gran recuerdo de esos días felices.   Con mi llegada a los Estados Unidos nuestra relación y cariño se acrecentaron.  En esos primeros días mi esposo y yo tuvimos la ocurrencia, más bien la audacia, de comprar mi primer traje de baño en este país, nada menos que en Lord and Taylor, cosas de cubanos.  Allá fuimos con Julito, y esa jornada resultó pasar a nuestra historia común como algo sumamente pintoresco.  Recuerdo que cuando decidí ir a ver qué tal me quedaban algunas de aquellas maravillosas trusas, Julio se sentó en un sofá elegante próximo a la entrada del probador, mientras mi esposo se mantuvo de pie cerca de la puerta, y me pidió que, disimuladamente, me asomara cada vez que me pusiera uno de los trajes de baño, para ayudarme a escoger.  Nunca olvidaré que Julito, cuando nos vio interactuando en aquella escena de entra y sale con diferentes trusas, se divirtió muchísimo, y nos dijo que le parecía estar participando en la filmación de uno de esos viejos  episodios de I love Lucy.

También con Julio, mi esposo y yo compartíamos nuestra curiosidad por el mundo, especialmente por las ciudades de Europa. Entre los últimos regalos que le hice, estando él en un centro de rehabilitación, se encontraban un mapa, fotos y chocolates traídos de Paris.  Espero que le hayan aproximado, una vez mas, a la luz de esa ciudad que el amaba.  A ese centro llegó Julito después que la adicción al alcohol prácticamente lo destruyera física y mentalmente.  Por eso era mi deseo que aquellos souvenirs parisinos le sirvieran para retomar su pasado cosmopolita, y su alegría de vivir en aquellos últimos y duros meses.  Allá en Paris, solo unos años antes, él esperó con un grupo de amigos el arribo del nuevo milenio.  En esa época parecía que su salud y su vida mejorarían. Fue un momento glorioso, un nuevo renacer, pero desafortunadamente muy poco después comenzó un verdadero espiral en descenso que, a pesar de ser un hombre fuerte y aun joven, le costó la vida.

Se acerca Thanksgiving Day, y aunque tengo mucho que agradecer a una gran cantidad de personas, hoy seleccioné a este querido familiar y amigo que siempre estará vivo en nuestros corazones.  Cada vez que caminamos por la ciudad de New York, él nos acompaña revelándonos nuevas sorpresas.   Mucho tenemos mi esposo y yo que agradecerle, sobre todo la natural acogida a ambos, y el cariño que nos brindó.  El fue el guía que abrió para nosotros las puertas de New York City, e incrementó nuestra admiración por todos los detalles de la ciudad y sus moradores.  También recibió y sirvió de guía a muchos de nuestros amigos que la visitaron, y los trató como familia en su hogar, mostrándoles cada rincón de New York y todos sus secretos.

En su viaje final Julio se llevó, en un pequeño espacio de su alma de Newyorker, el amor por otros dos sitios maravillosos: la isla de Cuba y la ciudad de Paris.  Su apartamento en Midtown Manhattan estaba repleto de objetos cubanos, de la época anterior a la destrucción total de la autentica cubanía.  La hermosa ciudad de Paris vivía en sus recuerdos recientes y lejanos.  En sus últimos días nos describía los barrios y las calles, los monumentos y los cafés.  El no olvidaba un solo detalle porque esa ciudad también ocupaba un lugar muy especial en su alma de viajero, de hombre culto amante de la vida.









Friday, November 8, 2013

Rara Avis. La dignidad en peligro de extinción



Por Aymara Lorente

Hace unos días coincidimos en el elevador de los parqueos del edificio donde vivimos con uno de nuestros vecinos, un señor cubano  de edad avanzada, que sabemos hace aproximadamente un año compro con su esposa un apartamento aquí.   Son una pareja lindísima, ambos afables y educados.  Me refiero a ese tipo de educación que no tiene que ver con los estudios, sino con la dignidad del ser humano.  Desde el momento en que subió al elevador, un aire distinto descendió sobre nosotros.  En pocos minutos cruzamos unas cuantas palabras,  y después pequeñas historias con matiz filosófico sobre cosas cotidianas y acerca de la realidad de la vida.  Tuvimos más tiempo para disfrutar de su compañía porque caminamos juntos desde los parqueos por el puentecito que conduce al edificio, conversando y ayudándonos con las puertas, para después tomar uno de los elevadores interiores.  De su boca solo salían expresiones sabias, todas dichas con una naturalidad y modestia admirables.  Este señor, que ha vivido mucho tiempo fuera de su tierra, es la estampa misma del esfuerzo humano por alcanzar y mostrar un autentico comportamiento honorable, normal, pausado; no importa por lo que se esté atravesando, si por una gran alegría o un terrible dolor.  Uno se conmueve ante las cosas y personas especiales, más aun si sabe que ya ese tipo de ser humano esta despareciendo.  Esos son los seres auténticamente gentiles, que dan las gracias con humildad, de corazón, y no con el objetivo de que le vuelvan a dar algo material, o la expectativa de recibir ayuda a cambio.   Cuando nuestro vecino se quedó en su piso, me di cuenta que mi esposo estaba sumamente emocionado porque, como ser humano y como cubano, él sabe los sacrificios que implica mantener la frente en alto, y lograr una situación y hogar estables en el exilio.  Yo, por mi parte, me sentí muy orgullosa de ese señor, y de este otro ejemplar cubano, de una generación posterior, con quien comparto la vida.

Así, de esa forma, era también mi abuela materna, y ella, sin proponérselo, supo comunicar la importancia de esa actitud a sus descendientes. En la familia todos sabemos ella era una persona muy especial que se vio en medio de duras circunstancias al quedarse viuda, y se comportó como una súper mujer, logrando ser respetada y admirada por todos.    Nunca olvidaré que mi abuelita dormía con sus medias largas debajo de la almohada, y lo primero que hacia al despertar, antes de poner los pies dentro de las sandalias, era colocarse sus medias.  Espero no me reproche desde el cielo el hecho de revelar este detalle intimo.  Nunca nadie la vio en casa sin sus medias finas, las cuales ella lavaba y volvía a lavar.  Así fue hasta su muerte, siempre con su peinado recogido y sus vestidos con encajes en el cuello.  Para comportarse con esa combinación de delicadeza y valentía, no hay que tener dinero, ni ser perfecto.   En eso radica la belleza de esas personas, y no en que se ocupe un puesto importante, te estires la piel o vistas con ropas caras o de marca.  La mantica tejida de mi abuela, su favorita, no era nueva, ni creada por un diseñador conocido, pero lucia preciosa en su modestia por la manera natural en que ella la llevaba sobre los hombros en las tardes fresquitas del invierno cubano.

Cuando pienso acerca de estas virtudes humanas, siempre me vienen también a la mente los japoneses.  Ese pueblo demostró un completo control y una dignidad extrema en medio de la desgracia múltiple del temblor de tierra, tsunami y desastre nuclear ocurridos en el 2011.  Parecía el fin del mundo para ellos, sin embargo, el silencio y la concentración que ejercieron, los convirtieron en héroes ante mis ojos.  Nada de quejas, griterías, pedidos, o lamentos.  Ellos se limitaron a trabajar día y noche para salir de las consecuencias de esos desastres naturales y de los errores cometidos.  Esa raza supo crecerse ante una situación apocalíptica.  Ante los ojos del mundo, su imagen quedo intacta.

Yo definiría la dignidad como el ejercicio del respeto a nosotros mismos y a los demás.  Por eso me avergüenza escuchar a un hombre quejándose del trabajo, o constantemente mencionar dolores físicos delante de extraños.  Son los mismos que siempre están inventando pretextos para hacer cada día menos, y si es posible, recibir ayuda pública, o del más allá; recibir algo, o exigir algo, que sin duda no merecen.  Ese es el tipo de hombre y también mujer, que no se respeta a sí mismo, que solo piensa en vestir a la moda, pasear, irse de fiesta, a tomar y a comer bien; o mucho mejor, coger un avión, haciendo todo eso, si es posible, con los gastos pagos, y sin sonrojarse por ello.  Creo que en el fondo piensan que se lo merecen todo. Es un fenómeno que vemos en aumento, además de la prepotencia y la indolencia, sumada a la chabacanería, el lenguaje vulgar, que resulta en un comportamiento totalmente irrespetuoso, y en muchos casos despiadado.   La dignidad no viene del tipo de trabajo que hagamos, sino de cómo lo hacemos; ni de la clase de ropa que vistamos, sino de cómo la llevamos. No se trata tampoco solamente de cómo seamos por dentro, sino de cómo nos proyectamos y como tratamos con delicadeza, o no, a los que nos rodean.   Lo que más abunda ahora es vivir el presente, la teoría del sálvese quien pueda, y de que piensen de mi lo que quieran.  No es más que el final, la destrucción de aquella actitud honorable  que era común en nuestros padres y abuelos, pero que ahora hay que salir a cazar, y en el futuro quizás solo exista en nuestros recuerdos o en los sueños.