Saturday, December 21, 2013

Un mundo de cosas

por Aymara Lorente




Para Pedro y Ramy en esta Navidad.

Desde que abrimos los ojos al mundo, nuestros padres y el resto de la familia nos esperan con una habitación llena de objetos que ellos asocian con nuestra llegada, y consideran imprescindibles para una exitosa ceremonia de recibimiento, (algo así, salvando las sagradas diferencias, como el derroche de regocijo en el acto de bienvenida de los Reyes Magos al niño Jesús).  Todo ello para facilitar nuestra adaptación al mundo real.  Frente a la neutral y absorbente mirada del recién nacido empiezan a desfilar día a día  interesantes rarezas de diferentes colores, formas y tamaños, desde un juguete con sonido, hasta una almohadita suave y acogedora envuelta en una funda  bordada de color pastel, o la temprana introducción a la música preferida de nuestros padres, tíos o abuelos.  ¿Y qué decir de los atractivos olores e inusitados sabores?  Como por ejemplo el inolvidable gusto de un tete endulzado para que dejemos de llorar, o el perfume de las flores del patio, o de un ramo en aquel florero antiguo, especie de reliquia familiar; o el increíble olor a café que inunda el hogar, o el inigualable, cálido y ancestral olor que trae la brisa del mar, o el aroma del cedro y la caoba de los viejos escaparates de los abuelos.  Todo ese conjunto de experiencias, esa amalgama, se convierte en la pieza esencial para la formación de nuestros gustos, y la definición de nuestras preferencias sentimentales y estéticas.  A partir de entonces comenzamos a tomarle afecto a las cosas que nos rodean, y a depender tanto de ellas que llega el momento en que las necesitamos casi igual que a la sonrisa y el calor de nuestros padres.
 
El ser humano, desde muy temprano, deposita e identifica sus sentimientos con pequeños o enormes objetos-símbolos que le ofrecen seguridad, alegría y confort.  Inconscientemente empezamos a atarnos afectiva y materialmente a todos esas cosas tan familiares, e instantáneamente reconocibles por nuestros  radares sensoriales.  De ahí nuestra conexión mental con determinados  alimentos, texturas o ambientes.  Cuando somos adultos, cualquier aroma, un particular  tono de luz, sabor o sonido nos puede transportar a un momento en el pasado reciente o lejano, y en ese flash mental resucitamos aquellas experiencias, aparentemente olvidadas.  El simple olor a lluvia o a tierra mojada, la escena de una película, o hasta el sonido de las hojas de un árbol mecidas por el viento, pueden revivir memorias de un tiempo anterior, y de nuestro mundo en aquel momento, con todos los sucesos y sobre todo las personas queridas que nos rodeaban y que influyeron en nuestra formación con sus aciertos y conflictos, y que determinaron en gran medida nuestro concepto de la vida y preferencias.  

Esa atadura sentimental a momentos y sensaciones de la infancia, y de otras etapas ya pasadas, es real y poderosa.  Es uno de los motivos por los que a veces nos rodeamos de muchos objetos, o somos demasiado específicos o exigentes con lo que queremos comer, leer, o con los planes que deseamos realizar. Todo ello está conectado de alguna manera a nuestras experiencias pasadas, y condicionado por recuerdos entrañables.  Por estos días viene a mi mente la imagen de mi padre entrando a la casa el pino navideño que después él y mi madre adornarían con aquellos ornamentos de generaciones anteriores, y aprovechando hasta las bolas que se rompían para regar su brillo multicolor sobre la capa de algodón que cubría la base del arbolito.  Toda esa operación se realizaba a pesar de estar ya prohibidos en Cuba todos los símbolos y celebraciones relacionados con el nacimiento de Jesús y cualquier otra representación o manifestación religiosa.   Sin embargo, a pesar de que quisieron controlar nuestros actos, pensamiento y cada rincón de nuestros hogares, por las noches cuando doy gracias a Dios veo claramente el cuadro de Cristo en el Monte de los Olivos, una de las imágenes que siempre se mantuvieron en casa, en lugares estratégicos.  Son algunos de los tesoros que la tiranía no nos pudo arrebatar: nuestra fe y los recuerdos.  

Esperemos que el camino recorrido, así como todas las cosas que queremos alcanzar y lograr en  nuestras vidas honre a nuestra familia, y sirvan además de inspiración a los que vienen detrás.  Es mi deseo, especialmente en esta Navidad,  que todos puedan realizar sus sueños partiendo de los esfuerzos, los instintos y la verdad de cada cual; guiados por la estrella de Belén y el espíritu de lo que realmente somos. 







Saturday, November 23, 2013

Agradecimientos a un hombre culto





                                          Un regalo de Julio -  Georgia O'Keeffe  One Hundred Flowers 


Por Aymara Lorente

Julito, el primo mayor de mi esposo por la parte materna, era un caso excepcional porque siendo un Newyorker autentico, que hablaba el español con un fuerte acento, siempre amó mucho a Cuba.  Cuentan que lo trajeron a los Estados Unidos a mediados de los 50’s con solo tres años de edad, y que creció entre italianos, Irlandeses y el resto de las nacionalidades que abundaban en Brooklyn por aquella época.  Allí, en en esa area de New York, nacieron sus dos hermanos.  Sus mejores amigos eran americanos, Lynda y los dos Jimmys, a quienes Julio conoció en los años de high school.  La mayor parte de su vida, vivió en el centro de Manhattan, esa otra isla que era su verdadero hogar y pasión.

Cuando pienso en él, me vienen a la mente muchas cosas que teníamos en común: la admiración por el arte, la afición por el TV show Jeopardy, y el amor por New York City.  Lo conocía por fotos mucho antes de que  yo escapara de Cuba.  En casa de la familia del entonces mi novio, había una ampliación de un Julio muy joven y apuesto, con la melena cuidada.  Era de la época en que él viajaba por el mundo.

Julito fue una de las primeras personas que fue a verme a Canadá cuando logré dar el salto.  Allí llegó antes que mi propia familia, y todos se lo agradecimos mucho.  Mi esposo  no podía salir de los Estados Unidos por no tener aun la residencia, y el fue de embajador en su nombre.  A pesar de que no nos habíamos visto nunca, en esos días que pasó conmigo, parecía como si nos hubiéramos conocido de toda la vida.  Como siempre, llevó la maleta llena de regalos, y allí en Toronto me compró un sombrero de verano, que use y conservé como un gran recuerdo de esos días felices.   Con mi llegada a los Estados Unidos nuestra relación y cariño se acrecentaron.  En esos primeros días mi esposo y yo tuvimos la ocurrencia, más bien la audacia, de comprar mi primer traje de baño en este país, nada menos que en Lord and Taylor, cosas de cubanos.  Allá fuimos con Julito, y esa jornada resultó pasar a nuestra historia común como algo sumamente pintoresco.  Recuerdo que cuando decidí ir a ver qué tal me quedaban algunas de aquellas maravillosas trusas, Julio se sentó en un sofá elegante próximo a la entrada del probador, mientras mi esposo se mantuvo de pie cerca de la puerta, y me pidió que, disimuladamente, me asomara cada vez que me pusiera uno de los trajes de baño, para ayudarme a escoger.  Nunca olvidaré que Julito, cuando nos vio interactuando en aquella escena de entra y sale con diferentes trusas, se divirtió muchísimo, y nos dijo que le parecía estar participando en la filmación de uno de esos viejos  episodios de I love Lucy.

También con Julio, mi esposo y yo compartíamos nuestra curiosidad por el mundo, especialmente por las ciudades de Europa. Entre los últimos regalos que le hice, estando él en un centro de rehabilitación, se encontraban un mapa, fotos y chocolates traídos de Paris.  Espero que le hayan aproximado, una vez mas, a la luz de esa ciudad que el amaba.  A ese centro llegó Julito después que la adicción al alcohol prácticamente lo destruyera física y mentalmente.  Por eso era mi deseo que aquellos souvenirs parisinos le sirvieran para retomar su pasado cosmopolita, y su alegría de vivir en aquellos últimos y duros meses.  Allá en Paris, solo unos años antes, él esperó con un grupo de amigos el arribo del nuevo milenio.  En esa época parecía que su salud y su vida mejorarían. Fue un momento glorioso, un nuevo renacer, pero desafortunadamente muy poco después comenzó un verdadero espiral en descenso que, a pesar de ser un hombre fuerte y aun joven, le costó la vida.

Se acerca Thanksgiving Day, y aunque tengo mucho que agradecer a una gran cantidad de personas, hoy seleccioné a este querido familiar y amigo que siempre estará vivo en nuestros corazones.  Cada vez que caminamos por la ciudad de New York, él nos acompaña revelándonos nuevas sorpresas.   Mucho tenemos mi esposo y yo que agradecerle, sobre todo la natural acogida a ambos, y el cariño que nos brindó.  El fue el guía que abrió para nosotros las puertas de New York City, e incrementó nuestra admiración por todos los detalles de la ciudad y sus moradores.  También recibió y sirvió de guía a muchos de nuestros amigos que la visitaron, y los trató como familia en su hogar, mostrándoles cada rincón de New York y todos sus secretos.

En su viaje final Julio se llevó, en un pequeño espacio de su alma de Newyorker, el amor por otros dos sitios maravillosos: la isla de Cuba y la ciudad de Paris.  Su apartamento en Midtown Manhattan estaba repleto de objetos cubanos, de la época anterior a la destrucción total de la autentica cubanía.  La hermosa ciudad de Paris vivía en sus recuerdos recientes y lejanos.  En sus últimos días nos describía los barrios y las calles, los monumentos y los cafés.  El no olvidaba un solo detalle porque esa ciudad también ocupaba un lugar muy especial en su alma de viajero, de hombre culto amante de la vida.









Friday, November 8, 2013

Rara Avis. La dignidad en peligro de extinción



Por Aymara Lorente

Hace unos días coincidimos en el elevador de los parqueos del edificio donde vivimos con uno de nuestros vecinos, un señor cubano  de edad avanzada, que sabemos hace aproximadamente un año compro con su esposa un apartamento aquí.   Son una pareja lindísima, ambos afables y educados.  Me refiero a ese tipo de educación que no tiene que ver con los estudios, sino con la dignidad del ser humano.  Desde el momento en que subió al elevador, un aire distinto descendió sobre nosotros.  En pocos minutos cruzamos unas cuantas palabras,  y después pequeñas historias con matiz filosófico sobre cosas cotidianas y acerca de la realidad de la vida.  Tuvimos más tiempo para disfrutar de su compañía porque caminamos juntos desde los parqueos por el puentecito que conduce al edificio, conversando y ayudándonos con las puertas, para después tomar uno de los elevadores interiores.  De su boca solo salían expresiones sabias, todas dichas con una naturalidad y modestia admirables.  Este señor, que ha vivido mucho tiempo fuera de su tierra, es la estampa misma del esfuerzo humano por alcanzar y mostrar un autentico comportamiento honorable, normal, pausado; no importa por lo que se esté atravesando, si por una gran alegría o un terrible dolor.  Uno se conmueve ante las cosas y personas especiales, más aun si sabe que ya ese tipo de ser humano esta despareciendo.  Esos son los seres auténticamente gentiles, que dan las gracias con humildad, de corazón, y no con el objetivo de que le vuelvan a dar algo material, o la expectativa de recibir ayuda a cambio.   Cuando nuestro vecino se quedó en su piso, me di cuenta que mi esposo estaba sumamente emocionado porque, como ser humano y como cubano, él sabe los sacrificios que implica mantener la frente en alto, y lograr una situación y hogar estables en el exilio.  Yo, por mi parte, me sentí muy orgullosa de ese señor, y de este otro ejemplar cubano, de una generación posterior, con quien comparto la vida.

Así, de esa forma, era también mi abuela materna, y ella, sin proponérselo, supo comunicar la importancia de esa actitud a sus descendientes. En la familia todos sabemos ella era una persona muy especial que se vio en medio de duras circunstancias al quedarse viuda, y se comportó como una súper mujer, logrando ser respetada y admirada por todos.    Nunca olvidaré que mi abuelita dormía con sus medias largas debajo de la almohada, y lo primero que hacia al despertar, antes de poner los pies dentro de las sandalias, era colocarse sus medias.  Espero no me reproche desde el cielo el hecho de revelar este detalle intimo.  Nunca nadie la vio en casa sin sus medias finas, las cuales ella lavaba y volvía a lavar.  Así fue hasta su muerte, siempre con su peinado recogido y sus vestidos con encajes en el cuello.  Para comportarse con esa combinación de delicadeza y valentía, no hay que tener dinero, ni ser perfecto.   En eso radica la belleza de esas personas, y no en que se ocupe un puesto importante, te estires la piel o vistas con ropas caras o de marca.  La mantica tejida de mi abuela, su favorita, no era nueva, ni creada por un diseñador conocido, pero lucia preciosa en su modestia por la manera natural en que ella la llevaba sobre los hombros en las tardes fresquitas del invierno cubano.

Cuando pienso acerca de estas virtudes humanas, siempre me vienen también a la mente los japoneses.  Ese pueblo demostró un completo control y una dignidad extrema en medio de la desgracia múltiple del temblor de tierra, tsunami y desastre nuclear ocurridos en el 2011.  Parecía el fin del mundo para ellos, sin embargo, el silencio y la concentración que ejercieron, los convirtieron en héroes ante mis ojos.  Nada de quejas, griterías, pedidos, o lamentos.  Ellos se limitaron a trabajar día y noche para salir de las consecuencias de esos desastres naturales y de los errores cometidos.  Esa raza supo crecerse ante una situación apocalíptica.  Ante los ojos del mundo, su imagen quedo intacta.

Yo definiría la dignidad como el ejercicio del respeto a nosotros mismos y a los demás.  Por eso me avergüenza escuchar a un hombre quejándose del trabajo, o constantemente mencionar dolores físicos delante de extraños.  Son los mismos que siempre están inventando pretextos para hacer cada día menos, y si es posible, recibir ayuda pública, o del más allá; recibir algo, o exigir algo, que sin duda no merecen.  Ese es el tipo de hombre y también mujer, que no se respeta a sí mismo, que solo piensa en vestir a la moda, pasear, irse de fiesta, a tomar y a comer bien; o mucho mejor, coger un avión, haciendo todo eso, si es posible, con los gastos pagos, y sin sonrojarse por ello.  Creo que en el fondo piensan que se lo merecen todo. Es un fenómeno que vemos en aumento, además de la prepotencia y la indolencia, sumada a la chabacanería, el lenguaje vulgar, que resulta en un comportamiento totalmente irrespetuoso, y en muchos casos despiadado.   La dignidad no viene del tipo de trabajo que hagamos, sino de cómo lo hacemos; ni de la clase de ropa que vistamos, sino de cómo la llevamos. No se trata tampoco solamente de cómo seamos por dentro, sino de cómo nos proyectamos y como tratamos con delicadeza, o no, a los que nos rodean.   Lo que más abunda ahora es vivir el presente, la teoría del sálvese quien pueda, y de que piensen de mi lo que quieran.  No es más que el final, la destrucción de aquella actitud honorable  que era común en nuestros padres y abuelos, pero que ahora hay que salir a cazar, y en el futuro quizás solo exista en nuestros recuerdos o en los sueños.


Saturday, October 26, 2013

Big government, big trouble

Por  Aymara Lorente

Nosotros los cubanos bien sabemos las consecuencias de que un gobierno se asigne demasiado poder.  El caso especifico de Cuba es el extremo, pero por esa misma razón creo que los que crecimos allí no podemos evitar sentir temor cuando el gobierno del país donde actualmente vivimos comienza a multiplicarse y a otorgarse demasiadas prerrogativas.

En el lugar que uno menos espera que suceda esto es aquí, en los Estados Unidos, pero está ocurriendo, y a una velocidad vertiginosa, sobre todo con el último engendro que no acaba de nacer.  El completo cambio, más bien una transformación de 365 grados, que tratan de aplicar al sistema de salud existente, sustituyéndolo por el mal llamado “universal”, más conocido como Obama Care.  Uno no puede creer que un país basado en la libertad y el ingenio individual, la competencia y la creatividad empresarial caiga en situaciones como esta, que quizás sea lógico en países con otro origen y organización, pero de ninguna manera aquí.
Mi opinión, nada científica, ni complicada, y que hasta una criatura con escasas neuronas podía proponer, es que había que mejorar el alcance del sistema de salud de este país, sin tocar lo existente, sin perturbar su calidad.  Los más pobres siempre han tenido seguro, al igual que los ancianos.  Pero había que darle esa oportunidad a los que han perdido su trabajo, o a los que laboran para compañías que no ofrecen seguro medico.  A ellos debió  dárseles la  posibilidad de adquirir seguros a bajo costo.   Pero  cambiarlo todo tratando de emular el sistema de otros países, donde existen otras características y condiciones, es completamente absurdo y extremadamente costoso.  De nada le valió a este gobierno ver las barbas de sus vecinos arder.  Me refiero al impresionante y lamentable empobrecimiento de países como Grecia, España, e Italia, entre otros, que debido al despilfarro administrativo y a los excesivos gastos sociales, han tenido que tomar medidas sumamente drásticas y dolorosas porque el mal manejo les llevo al borde de la bancarrota.   No obstante, ciegamente continuaron aquí con el descabellado proyecto, que además considero inconstitucional, por el carácter obligatorio de su estructura.   Ingenuamente han basado el éxito del nuevo programa en la incorporación de los jóvenes, y con el dinero aportado por ellos piensan mover toda la enorme maquinaria burocrática e intrusiva que es este nefasto proyecto.  Y a simple vista se puede captar que esa implementación representa enormes consecuencias para la economía, las libertades civiles, y sobre todo para la calidad de los servicios de salud que recibe la población de este país.  Desafortunadamente los ancianos son los que al final serán los más perjudicados, ellos que aquí siempre han recibido una atención óptima. Cosa que he visto aplicada, hasta ahora, a los ancianos de la familia.

Desde hace meses ya todos empezamos a ver el preámbulo y a sentir los efectos.  Las pruebas médicas para las que antes no había que esperar, ahora tienes que aguardar semanas para su aprobación.  Y qué decir del precio de los seguros ya existentes, ahora son incosteables.  A eso se suma lo peor, y es que aquellas personas no aseguradas, pero que no quieren por ahora acogerse al nuevo sistema “universal”, se ven en la obligación de pagar una multa, no tan dolorosa el primer año, pero para el segundo se incrementa astronómicamente.  Personalmente lo considero un ataque a las libertades individuales y civiles.  Y aunque yo no estoy entre los que tienen que pagarla, creo que es totalmente injusto y antidemocrático.   De todas formas, como van las cosas, esa criatura no acaba de nacer, ni siquiera han podido echar a andar con eficiencia la website del proyecto.  Ante los ojos de muchos esto no es más que una señal de la oposición  divina; o simplemente el resultado de la lentitud lógica de una causa burocrática descomunal,  de una imposición innecesaria y evidentemente descabellada.


Saturday, October 19, 2013

Breves memorias de la otra Habana


Colador - obra de Ramón Unzueta



Por Aymara Lorente
                                       
             A mi madre Esperanza (Pita para la familia) y a su hermana, mi madrina Ena.
                         (No puedo discernir cuál de las dos era más cafetera)
                                

A pesar del transcurso de los años, el malecón seguía salpicando, especialmente en aquellos escasos días de los llamados frentes fríos del invierno habanero.  Viajábamos en un carro repleto de sonrisas admirando el paisaje a ambos lados.  Los niños estirábamos los cuellos tornando las cabezas de izquierda a derecha.  Allí, bajo la llovizna de la tarde, se alzaban a un lado imponentes siluetas de edificios antiguos y modernos; y al otro el océano infinito, con su agua juguetona y traviesa que saltaba por encima del muro, bendiciendo a los enamorados y a los pescadores, para después salpicarlo todo, incluyendo transeúntes y automóviles.

En esa área la brisa del mar suavizaba al atardecer el olor que escapaba de las cocinas iluminadas.  En apartamentos lujosos o modestos se sofreía con la misma paradisiaca combinación de sazones.  Pero por encima de eso se respiraba un aire que era puro plátano maduro frito-- como bien describía y saboreaba, mientras inmortalizaba esos placeres sensoriales, nuestro Guillermo Cabrera Infante.  Ese dulzor quemadito y especial, mezclado con los escapes del gas de la calle y el salitre, era para mí el olor característico de La Habana de mi infancia.  Y más entrada la noche, se sumaba el aroma del café, simultáneamente colado después de la comida.

-- Déjame un poquito para el café con leche, decía una voz.
--Volvemos a colar más tarde, respondían a coro.
Esto último lo contaba mi madre, como parte de los recuerdos de su juventud, y de sus visitas de entonces a La Habana.  Primero en El Vedado, cerca de la universidad, y después en La Puntilla, Miramar.  Ella confesaba asombrarse, por aquellos tiempos, ante la energía de la ciudad y sus habitantes.  Nos contaba que, a cualquier hora de la noche,  entraban por la puerta todas las inesperadas, pero naturales visitas, (familiares, amigos, y jóvenes estudiantes con muchas ilusiones y poco dinero, como mi tía Ena, la anfitriona, y una de ellos).  Inmediatamente después de los saludos se disponían a hacer café, una y otra vez.  Era parte imprescindible del amoroso recibimiento y  la criolla conversación, en aquel mundo ya perdido de la otra Habana.


                                                         

Saturday, October 12, 2013

Blue Jasmine

Por Aymara Lorente

Han pasado algunas semanas desde que vi Blue Jasmine, la última película de Woody Allen, de la cual se hablaba aun antes de ser presentada al público en general.  Desde entonces se escuchaban rumores alabando la actuación de su protagonista principal, la actriz Cate Blanchett, pero no fue esa la razón que me llevó al cine.  En realidad yo prácticamente vuelo al complejo de teatros cercano a casa, cada vez que hay un estreno de Woody Allen. Es una debilidad que tengo que admitir, y en otra ocasión hablaré más del interés por la filmografía de este director.   Pero esto no quiere decir que considere que todas sus películas sean piezas magistrales, (aunque pienso él es un genio en la materia), pero yo disfruto las buenas, las regulares y las malas.  Sin embargo, en el caso de Love and Death, de 1975, que vi hace algunos años en la televisión, debo confesar que no llegué al final, literalmente no pude con ella.

En la realización de Blue Jasmine, Allen continúa explorando la mezcla de la comedia y el drama, al igual que en otras de sus mejores producciones, entre ellas Match Point, del 2005, para citar un buen ejemplo.  En aquella la balanza se inclina hacia el conflicto de la historia en sí; mientras que en el caso de Blue Jasmine, éste se enfoca en el tormento del personaje principal femenino.  Ella es una mujer que acaba de terminar tempestuosamente una larga relación con su pareja, Hal (Alec Baldwin), quien en apariencias era un exitoso hombre de negocios.  Ambos se hallaban inmersos en una vida de lujos en medio de la alta sociedad de New York; pero este hombre, supuestamente un inversionista, resultó ser un estafador, quien además engañaba a su esposa, constantemente, con toda mujer que aparecía en su vida.  La interpretación de Cate Blanchett nos muestra como el personaje de Jasmine, es sencillamente sobrecogido y sacudido por este desenlace dramático,  por el desmoronamiento de lo que era hasta ese momento su existencia.  Hay un detalle que se revela casi al final de la película, algo que ella hace en medio de esa crisis, y que muestra otro aspecto y consecuencia del derrumbe de su idílica vida.  Solo voy a mencionar que sale a relucir en una confrontación entre Jasmine y el hijo de Hal, y que, premeditadamente, Woody Allen lo mantiene oculto hasta ese momento, agregando a la historia un elemento dramático más.  Dejando ese asunto atrás, y sin dar más rodeos, confesemos que Cate Blanchett se roba la película y cada una de las escenas donde aparece.  No quiere decir que no haya otras actuaciones en mi opinión interesantes, como la de Sally Hawkins,  que hace el personaje de Ginger, hermana de Jasmine,  quien vive una existencia mediocre en la ciudad de San Francisco.  Es en su modesto apartamento donde Jasmine no tiene otro remedio que ir a refugiarse.  También son dignos de mencionar Chili (Bobby Cannavale), novio de Ginger, y otro pintoresco personaje, Al (Louis C.K.) con quien ésta tuvo una breve y aparentemente prometedora relación.

Un aspecto que es manejado con maestría por Allen es precisamente la creación de la ilusión efímera de que las hermanas pueden salir de su situación actual.  En el caso de Ginger,  conoce a un hombre distinto a los que hasta ahora le rodeaban.  Se trata de Al, al cual  mencionamos anteriormente, y que puede representar el cambio que ella necesita, pero pronto descubre que es casado.  Jasmine, por su parte tiene el sueño de rehacer su vida convirtiéndose en diseñadora de interiores.   A pesar de su precaria salud mental, comienza a trabajar y a estudiar para alcanzar ese objetivo, haciendo un esfuerzo sobrehumano.  Un momento alentador en la película es cuando ella encuentra el hombre perfecto, en una fiesta donde ambos se sentían fuera de lugar.  Es un diplomático refinado y respetuoso, que además trae consigo la posibilidad de que ella pueda iniciarse en su carrera soñada.  Inmediatamente se establece una relación entre ellos, pero Jasmine, debido a su desajuste emocional, funda esa unión sobre mentiras. Todas esas fantasias, lógicamente, se descubren, y como consecuencia se interrumpe la realización inmediata de sus esperanzas personales.  Esta nueva catástrofe la sumerge, aun más profundamente, en su delirante crisis existencial.   Otro efecto interesante en esta última creación de Woody Allen es el constante viaje narrativo del presente al pasado, que también se asocia con la inestabilidad sicológica del personaje principal.  Considero que este recurso hace la película mucho más atractiva y compleja; pero lo que definitivamente la convierte en una pieza sencillamente genial e inolvidable es la actuación emotiva y deslumbrante de Cate Blanchett.

Saturday, October 5, 2013

Del salto a la modernidad

por Aymara Lorente

Nadie puede negar que gracias a la tecnología estamos todos comunicados en la distancia.  Conversamos con familiares y amigos con la frecuencia que deseamos, y ya ni en el Polo Norte se está totalmente aislado. Además de que enviamos y recibimos documentos y fotos instantáneamente, y todo eso se ha traducido también en mayor eficiencia y rapidez en nuestro trabajo.   Esas son algunas de las muchas ventajas que nos ofrece el uso de los nuevos inventos tecnológicos.  Desafortunadamente, esta invasión electrónica  ha venido a desplazar otros objetos y costumbres menos modernos, pero más naturales y humanos.  El mejor ejemplo es la desaparición creciente y vertiginosa de la correspondencia escrita.  Cada día menos personas envían o reciben tarjetas postales, y mucho menos las adoradas cartas personales.

Aquí en casa, aunque no pensamos, ni nos conviene, retener el avance electrónico y digital, todavía tratamos de mantener en alguna medida la comunicación a la antigua.  Aun enviamos tarjetas de felicitación a familiares y amigos en las fechas especiales, y todavía nos causa gran placer.  La realidad es que no sé hasta cuándo podremos mantener este romántico propósito, que va en contra de lo que hoy se impone.

Así también ocurre con los libros; todavía no me siento en disposición de sustituir a ese objeto familiar, real y tangible, por la lectura fría en una pantalla, por muy blanca y nítida que esta sea. Ni siquiera para un viaje en avión, o la lectura en una playa, en un parque o una plaza de cualquier lugar del mundo.  Es posible que llegue en el futuro ese momento para mí; pero, hasta ahora, coincido con los que piensan que tener en las manos un libro es una experiencia insustituible. No es igual leer un artículo de unas pocas páginas en un gadget de hoy, cosa que disfruto y estoy habituada a hacer, pero ya cuando se trata de una novela, de la lectura de un buen libro, no me atrevo, ni me atrae dar ese salto a la pujante modernidad.  Porque creo que no hay nada como pasar las páginas de un texto impreso,  y utilizar un marcador con el pensamiento puesto en el momento de retomar la lectura.   Al menos por ahora, no quiero contribuir a la extinción de algo tan hermoso, de una experiencia tan personal.


Saturday, September 21, 2013

Un día bajo el sol

En este último agosto pasamos una jornada como deberían ser todos nuestros días; disfrutando sin preocupaciones y sin apuros de un apacible lugar, y sobre todo de buena compañía y natural conversación.  Un ambiente donde todo ocurre con sencillez y espontaneidad, sin que medien intereses personales o segundas intenciones.

Cuando somos muy jóvenes todas las personas nos parecemos y somos más o menos iguales en personalidad y actitud, pero con el transcurso de los años, y el peso de las experiencias de la vida, cada individuo va perfilando su carácter, su modo de ser.  Así cada uno va pareciéndose más a sí mismo, reafirmando sus características y gustos.  Por ese motivo uno a veces se siente extraño entre personas con quienes anteriormente teníamos una relación de amistad, y que al reencontrarnos pasados los años vemos que ya no tenemos mucho en común, y muy poco de que hablar.

Hace algunos años decidí pasar más tiempo, y mantenerme en comunicación mas frequente con aquellas personas con las que comparto ideas y gustos.  Aunque en ocasiones uno tiene que hacer sacrificios y compartir con alguien con quien no tenemos mucho en común, pero esos son casos inevitables que llamamos compromisos sociales, y que no podemos eludir.   Pero llega un momento en la vida que ya uno sabe perfectamente con quien se siente mejor, y logra alejarse en lo posible de personajes negativos y súper absorbentes cuyo único objetivo, consciente o no, es que todo y todos tienen que girar alrededor de ellos, de sus intereses y sus problemas.

Algo en lo que realmente creo es que, al igual que en el caso de las parejas, los amigos están para compartir lo bueno y lo malo que nos reserva la vida.  Pero estar pasando por un mal momento no quiere decir que tengamos que hacerles la vida imposible a los demás.  Considero que las personas, en la medida en que van madurando, deben prepararse sicológicamente para las duras pruebas que a todos se nos presentan, tarde o temprano.  Afortunadamente, uno va encontrándose con nuevos amigos, y conservando aquellos antiguos a quienes nos unen actitudes y preferencias, y con ellos compartiremos nuestras fortunas y tristezas.  Por otra parte pienso que tenemos que poner alguna distancia por el medio con otros que se han convertido en algo que no se acerca a nuestros principios y modo de enfrentar la vida.

La mayoría de las veces depende de nosotros que nuestro camino por el mundo esté mas lleno de momentos placenteros que de situaciones infortunadas.   Las personas, cosas, y senderos que escogemos en la vida traen consigo una serie de ataduras y consecuencias.  Ya en nuestra madurez tenemos que ser más sensatos, y seleccionar todo aquello que consideramos nos va a conducir por caminos que mas auténticamente reflejen nuestro pensamiento y valores.  Asi nuestro devenir diario será mas placentero.  Todos nos  merecemos días apacibles bajo el sol.


Wednesday, September 11, 2013

We should not forget


The morning of September 11, 2001 marked the tenth anniversary of my mother’s premature passing.   I remember it was a beautiful morning, and I woke up in peace that day after having a dream where my mother was making a white pillow case for me.  She was embellishing it with lace, it was very life like.   We were together again, sharing our love for each other in a simple moment.  When I was getting ready to go to work, I thought of buying flowers in her memory on my way back home.   But, just a couple of hours later, the whole world started to crumble.   We felt the second impact across the river.  The waters of the Hudson made that brutal hit travel to the other side.  The earth shook under our feet.  Then we were paralyzed with astonishment, life stopped for a while.   I don’t want to repeat right now everything that happened, everybody knows it.  It is still too painful to remember.  I tried to contact my husband, who works in New York, but I could not reach him.  We did not see each other until the next day. At noon I collected myself and went back home walking, It was like a ghost town.   Suddenly I saw my favorite flower shop in front of me.  The lady inside looked pale and sad; I talked to her, but we could not make any sense of what was happening.  I told her I needed to buy flowers, not only for my mother, it was now for all the innocent people, from all walks of life, who died so senselessly at the hands of evil, that bright blue morning in September. 


America Lenza, the only grandchild my mother got to know, with New York City in the background
photo Aymara Lorente

Saturday, September 7, 2013

Nuestra Virgen de La Caridad del Cobre


La Aparecida  - de Ramón Unzueta

En homenaje a Nuestra Virgen y en memoria del artista

Gracias, Ena, por este tesoro que tomamos de tus manos.



detalle

Disquisiciones sobre la felicidad. (A place for us)

Por Aymara Lorente

Desde hace varios días me dan vuelta en la mente estos temas referidos al sentimiento de felicidad, y también cuál seria para nosotros el mejor lugar bajo el cielo, donde nos sentiríamos mas a gusto.  Enseguida empecé a recordar la canción “Somewhere (A place for us)” del musical West Side Story,  porque muchas veces asociamos nuestra felicidad o infelicidad con el lugar donde vivimos o aquél que está reservado para nosotros, aguardándonos.

Pienso que también la infelicidad es un sentimiento que en muchas ocasiones se asemeja y viene unido al concepto de soledad, que no tiene necesariamente que ver con la compañía o la realidad física.  A veces estamos rodeados de personas y nos sentimos espiritualmente solos.  Una imagen que siempre me acompañará en la vida es aquel momento en que me despedía, al término de una visita a mi hermano y su familia en Cuba, después de la muerte de mi padre.  Recuerdo que, en el momento en que nos debíamos separar en el aeropuerto,  estaban delante de mi cuatro miembros de mi familia, (solo faltaba en ese grupo mi sobrina mayor), eran mi hermano, su esposa, el bebito de 18 meses y la niña de 4 años, y cuando les iba a dar la espalda, esta ύltima me dijo:  Tía, no nos dejes solos.  Fue sencillamente impresionante lo que ella expresó con esas palabras, porque en realidad yo era la que me iba sola, pero el sentimiento de desamparo y aislamiento que representaba vivir en Cuba en la década de los 90 era mucho mayor, más poderoso y aplastante que la fuerza de aquel conjunto familiar de cuatro personas.  Quizás por unos pocos días, yo les había ofrecido una compañía que traía consigo la alegría y los aires de un mundo diferente.  Por otra parte, he experimentado en muchas ocasiones que el hecho de no tener personas conocidas alrededor no tiene que necesariamente llevarnos a esa infeliz soledad del alma; estar solos no siempre nos conduce irremediablemente a sentirnos tristes o abandonados; como tampoco estar en medio de un grupo nos garantiza felicidad, ni sentirnos acogidos o acompañados, como fue el caso de lo que quiso decir en aquella situación mi pequeña sobrina.

Hace unos años conversaba con alguien que tenía puestas todas sus esperanzas para sentirse mejor en la posibilidad de vivir en otro sitio.  En aquella ocasión recuerdo le dije que me parecía que si no resolvía sus problemas internos, sus conflictos personales, posiblemente no podría ser feliz en ningún  lugar del mundo.  Pensé que podía ayudarle con esa idea porque ciertamente considero que, si no estamos conformes con nosotros mismos, nada ni nadie podrán hacernos felices.

En mi manera de ver las cosas, no importan las circunstancias que nos rodeen, siempre y cuando estemos viviendo cada día de acuerdo a nuestros propios valores y principios, y tomemos responsabilidad por nuestras vidas y nuestras acciones con valentía y optimismo.  Esto a veces no resulta fácil para algunas personas, pero creo es la única forma de poder enfrentar y disfrutar nuestra corta estancia en este hermoso y retador planeta, amparados por la fe en Dios y en nosotros mismos.


Aunque no se ajuste totalmente al tema o a mis ideas sobre el mismo, aquí incluyo la canción que me ha acompañado en estas disquisiciones.
"Somewhere (A Place for Us)"
music by Leonard Bernstein; lyrics by Stephen Sondheim

There's a place for us,
Somewhere a place for us.
Peace and quiet and open air
Wait for us
Somewhere.
There's a time for us,
Some day a time for us,
Time together with time to spare,
Time to look, time to care,
Someday!
Somewhere.
We'll find a new way of living,
We'll find a way of forgiving
Somewhere.
There's a place for us,
A time and place for us.
Hold my hand and we're half way there.
Hold my hand and I'll take you there
Somehow,
Someday,
Somewhere!

(tomado de reelclassics.com)